EN LA CHIMENEA.

Escrito por: Manuel Crespo

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Está escondido en la chimenea desde agosto. Tendrá, transcurridas ya semanas, las rodillas entumecidas, hambre, y la conciencia cada vez más intranquila por haberse fugado, dando rienda suelta al estrés y a sus esfínteres, educados en la contención durante años; sabiéndose perseguido una vez que la brigada hallase el rastro de las migas caídas desde el bolsillo al terreno roturado para el barbecho. Fue visto, además, por los labradores, aunque este testimonio apenas se tuvo en cuenta. Los labradores saborean su propia imaginación. Son muchas las horas en silencio, encorvados sobre la ingrata tierra. Por eso, al que no le gusta el vino sueña con botas nuevas, mientras carece de dote para casar a la hija.

Ilustracion: Marili Romero

            Está en la chimenea del convento en ruinas y no es extraño que siga ahí. Sabemos cuánto demoran los funcionarios en los trámites, por simples que éstos sean. Pretender, por ejemplo, los impresos oficiales para la solicitud del Toisón de oro, honor al que los ciudadanos cuyos instrumentos de viento hayan servido al menos una vez para agasajo del monarca pueden optar, es tarea condenada de antemano al fracaso. Casi ninguna ventanilla los posee, y si cuentan con ellos resulta que el color no es reglamentario. No son sepia, sino beige. Ni hablar del mercado negro, tan bien provisto habitualmente de herraduras. El pueblo se solivianta, y es que a cualquiera le gusta lucir en el ojal el distintivo dorado adornado con hojas de boj.

            Poco se conoce del pasado del fugitivo, salvo que en la cédula consta el oficio de especialista en Quejas y que su numeración impide indagar sus ancestros. Por si esto fuera poco, los archivos parroquiales de la aldea que le dio luz yacen para siempre sepultados bajo la lava como consecuencia de la última erupción, tan feroz que parecía anunciar el Juicio.

            Todo misterio obliga a adentrarse en la niebla. En cuanto al que nos ocupa, ciertos rumores contaban que el especialista había caído en desgracia. Le prohibieron protestar por haber recibido malas cartas en las partidas, y ya ni siquiera le estaba permitido lanzar los naipes a la escupidera aunque la pérdida excediese lo presupuestado. Se le acusaba de ser un utensilio, y esto da idea de la gravedad del asunto. “Eres una nulidad”, se dice le gritaban los cadetes en el recreo, las manitas fieramente cerradas sobre la alambrada, el rostro rúbeo, como si ellos no llevasen idéntico camino.

            La leyenda lo retrata temperamental y esquivo, sufría en silencio el escarnio, y ese mutismo le era esencial para comprender íntimamente su propio ser, núcleo del que escapaba, con frecuencia, el hálito del claro del bosque, la respiración de algo sórdido tras las cortinas del alma. Le parecía, ciegamente, ser más que un nombre. Daba albergue a algo que, aunque viviera en su seno, no desaparecería con él, porque una vida le resultaba corta. Una fuerza ávida le mantenía en permanente insatisfacción, gobernándole a menudo, doblegando su conciencia. No era hernia de hiato, los análisis mentían.

            Al parecer, antaño concordaba consigo mismo. Su persona, ataviada con terno blanco, flotaba al mezclarse con sus semejantes. Y era hermoso, tanto que el crepúsculo fosforecía en las aceras hasta altas horas. Reflejos ambarinos le bendecían. Si hablaba sonaba un coro infantil, efecto con la agradable consecuencia de confundir el discurso. Veía, con toda naturalidad, lamías en los callejones y ángeles en los mercados. Gozaba de la confianza de sus superiores, quienes le franqueaban la entrada en el cuartelillo si quería sudar abofeteando detenidos o divertirse en las ruedas de reconocimiento de agentes del mal.

            Si le abrumaba la melancolía, las langostas salían de la escollera para jalearle, y en las mañanas de resaca los truenos se escondían bajo la alfombra. Se pugnaba por su magia.

            Derrochó dones sin guardar nada para momentos de apuro y ahora, desde que está en la chimenea, el mundo se ha hecho duro; las puertas de las casas vecinas gimen, cada peldaño soporta con desgana el peso de los cuerpos, se junta piedra con piedra, casa con casa en un movimiento marcial de filas cerradas hasta que el aire se extingue en los poros; la tristeza se halla reproducida a tamaño natural en la plaza, las conversaciones aburren, versando todas sobre supuestos avances científicos que se pretende entender. Botellas rotas ensucian los parques.

            Hubo manifestación a fin de que reconsiderara su postura y regresara. La chimenea permanece silenciosa.

            Y allí seguirá, en esta noche invernal, dudando si llevarse o no la cápsula a la boca.

 

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