EPIFANÍA ROCKERA

Escrito por: Manuel Crespo

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Yo tuve una banda de rock and roll adolescente. Yo subí a un escenario, aullé, me aplaudieron y me abuchearon. Yo grabé un disco y una vez encontré a alguien que me aseguró haberlo comprado y tras su escucha, haberse convertido en fan. Me pasó una vez, pero al menos eso puedo contarlo.

Y es que, la verdad es que el rock and roll está lleno de juguetes rotos, de pobres diablos que se quedaron en la cuneta, de individuos que intentaron subir tan alto como sus ídolos y vivir tan fuerte como ellos que se les quemaron las alas y se dieron la ostia padre. Fracasados.

Yo soy uno de ellos. No quiero mentirte, y tampoco podría hacerlo. Google me desenmascararía. De mí, y de miles de músicos como yo quedan pocos restos: grabaciones distorsionadas, fotos amarillentas, algún instante de televisión en emisoras regionales. Quedas avisado: no he bailado con Mick Jagger y Andy Warhol en Studio54, ni he esnifado pegamento con Dee Dee Ramone. Ni siquiera he seguido cara a cara las sesudas disertaciones de Bunbury en una tasca zaragozana. Hasta Loquillo me ha mirado por encima del hombro. Si es que me miró alguna vez.

Es verdad que no he alcanzado el paraíso pop al que muchos creímos tener derecho y la tierra prometida permanece lejos de mi barrio. Tan lejos como Oz o Xanadú, pero también es verdad que mi fracaso ha sido glorioso. Intenté saltar por encima de mi estatura. La honra consiste en no aceptar la derrota. Ni la evidencia. Saborear tu delirio. Mantener tu ebriedad, como dijo Baudelaire. Para no sentir el peso del tiempo que te inclina hacia el suelo. Consiste en decirte: “Este tema es de puta madre. Con este material triunfamos, fijo”. Da igual que nadie más que tú lo crea. Y cuando te tumban, vuelves a levantarte porque la posibilidad de alcanzar la meta estará ahí mientras sigas caminando. Un poco detrás de los primeros, de acuerdo, tal vez mordiendo el polvo de sus pasos. Pero en el rock, y en la vida en general, en ocasiones se da la justicia poética, y no es el primer pringado al que de repente todos adulan, y se ve rodeado de grupis rubias antes inalcanzables, solo porque sin saber cómo dio con la tecla y ha tenido un éxito. Y es que no existe una banda que tenga claves para hacer hits. Los números uno prefabricados lo son a base de machacar los oídos de los consumidores en las radios con una mezcolanza de ritmo y banalidad sin armonía ni melodía, que, hay que reconocerlo, provocan en los menos exigentes el reflejo de Paulov. Salivan en cuanto escuchan a Lady Gaga, esa pava.

Hay una gran diferencia entre el perdedor y el aficionado a la música. Y te daré un consejo, aunque no sea quién para dártelo, vistas las circunstancias: no seas nunca un amateur en nada que te importe de veras. Nada hay más triste que un dominguero del rock, o de la pintura o de la poesía. El fracasado saborea su fantasía hasta que se la quitan a la fuerza, y cuando todo se esfuma, los focos y los amplis se apagan, aún se dice: “que coño, yo tenía razón”. Quienes no se ha implicado jamás en una idea con todo su corazón, se han quedado en la tibieza. Sufren poco, es verdad, pero tampoco saben lo que es disfrutar de lo lindo. Cultivan su jardincito mientras otros se pierden en los bosques.

En el principio de una banda está el friki. La hace posible el impulso de locos monotemáticos que se encuentran porque, como los enanos, tienen un sexto sentido por el que se reconocen nada más verse. Uno observa que, en la parada del bus, alguien de tu edad lleva un disco bajo el brazo, o una carpeta con el logo de los Clash, o una chupa Perfecto y no le habla, porque el friki es casi mudo y tan tímido que si alguien que le gusta se dirige a él, corre el peligro de convertirse en charco. Pero estudia al otro día tras día. Hasta que salta la chispa.

El embrión de un grupo es siempre un racimo de cazurros extravagantes unidos por encuentros azarosos, generalmente en lugares alejados del conservatorio. Suelen ser escoria, pero en fin, hay cosas peores, se puede ser pescador de caña.

El friki no se da por predisposición genética, ni por selección natural, como el que nace con seis dedos. Una cosa es ser un tarado -aunque el friki a veces también lo sea- y otra un ser peculiar que ha desarrollado una afición extravagante que la mayoría no comprende. El friki es un raro cultural, hecho a conciencia tras un desajuste de la realidad que le hace mirar la vida con otro enfoque; el “desarreglo de todos los sentidos” que dijo el poeta adolescente Athur Rimbaud. Y si no conoces a Rimbaud ya estás tardando en dejar esta chorrada e ir a la biblioteca a leer los poemas y la vida de este primer punk, aunque solo sea porque fue una gran influencia en músicos como Bob Dylan, Jim Morrison, Patti Smith o Tom Verlaine. A mí también me influyó, tampoco soy original en esto.

El ser insólito no nace de la nada como los champiñones, aunque pueda asemejarse mucho a ellos, y cuando aprende a balbucear sus primeros intentos son las clásicas palabras mamá o papá, no “star wars” o “Green day”. El futuro friki bebé también quiere teta, chupete y se conforma con esos juguetes móviles de colores recomendados por pediatras perturbados que sus padres cuelgan del techo de la cuna tras comprarlos a precio de caviar, y gracias a los cuales el bebé llora espantado.

Todo indica que el friki es un fenómeno cultural. Ya en la edad de piedra hubo majaras, y de ahí en adelante, los que quieras. Ciertos cromañones, en vez de dedicarse a cazar fieras y comérselas preferían hurgar en sus vísceras humeantes -de las fieras-, mirarlas y anunciar: “va a hacer frio o va a hacer calor”; poner perdida la caverna con grafittis de bisontes y, por la noche, dar vueltas alrededor de la hoguera danzando a saltos y aullando, mientras sus colegas hacían ritmo golpeando tibias de tigre huecas una contra otra. Los antropólogos actuales llaman a eso ritos mágicos, y a los primitivos chamanes, pero en verdad era puro rocanrol.

Siempre ha habido personas que han cultivado un don al que juzgaban digno de entregar su esfuerzo. Y eso se ha convertido en su gasolina.

Nada de eso se sospecha en los primeros años. Los niños pequeños son enanos horteras y gritones. Vale que cada vez gritan menos a medida que pasan los meses, pero siguen siendo vulgares hasta la arcada.
El que nos va a ocupar no es una excepción si no un ejemplo de lo dicho. Un ejemplo algo más escuchimizado y larguirucho que la media y bastante más miope.

Es igual que el resto en sus gustos y repulsas. Odia el cole y a los curas que lo dirigen, como es lógico, y sus aficiones son el fútbol, los dibujos animados de los viernes en la tele y los cómics. Como sucede a la mayoría de niños, considera las horas dedicadas al estudio pura pérdida. Algo, dentro de sí, le hace compararse con los perros o los gatos, incluso con los árboles, aunque la existencia de los vegetales parezca menos apasionante. Ninguno de esos bichos tiene deberes, y no parece irles tan mal, al menos cuando los ve tumbados al sol mientras él sube la calle que lo lleva al matadero. Un mayor inventó la escuela para fastidiar, no cabe duda, para que los niños carecieran de libertad de hacer lo que les de la gana. Y al resto de mayores la idea les pareció cojonuda. Y a los propios niños también se lo parece cuando encanecen, echan tripa y se les llena la cabezota de porcentajes.

El flaco fantasea con ser un Pinocho que fuma, juega al billar y rebuzna como el campeón de los asnos; con Mowgli subido en la panza de un oso bonachón devorador de bananas, hipnotizado por la serpiente del mal; con el joven guapo y sin cuatro ojos que es escudero de un héroe medieval salvador de princesas, a cuyas doncellas enamoraba.

El niño es díscolo y le incomodan las obligaciones. Es natural. Tenemos la sensación de que el mundo está para que lo disfrutemos, para la diversión. Pero esa intuición va perdiéndose a medida que aprieta el nudo de la corbata y el coche se agranda.

Mal que bien, la criatura crece entre cates y pescozones de los curas, que hace algunos años eran una especie de práctica deportiva. Y crece también entre grandes satisfacciones: zurrar a los demás y no ser zurrado por los de la otra clase, marcar un gol, ocultar las notas hasta el último día y salvar con disimulo el castigo, conseguir el último libro de Tintín…

A los doce o trece años no se sabe lo que uno quiere ser de mayor. De mayor, tampoco se sabe y son las circunstancias, a menudo absurdas y malvadas, la que te han llevado al lugar donde te hallas, casi siempre un mal sitio, siempre peor que el del cuñado. Para el chico, la pregunta “¿qué quieres ser de mayor?” le parece una gilipollada, y debería estar prohibida. Y si algún repelente con el pelo peinado con saliva de su madre contesta “policía” o “médico” ya es que lo considera serio candidato a ostiable. Tiene muy pocas cosas claras, el nota, su cerebro es un potaje de estímulos, su cuerpo se retuerce entre deformidades, bultos que salen y desaparecen, erupciones continuas, terremotos en la musculatura. Todo él es un bigbang en expansión y en su cabeza bullen asteroides, cometas sin rumbo y voraces agujeros negros devoradores de creencias. Pero algo sí tiene claro: de mayor no quiere ser mayor.

Vagamente se sabe distinto, aunque en verdad todos lo somos. En la vida de cada cual puede datarse una epifanía, el instante álgido en que todo concuerda en un aquí y ahora que revela una posibilidad hasta el momento desconocida y que marca nuestra diferencia.

Algo así va a pasarle al chiquillo. En principio no anuncia nada apasionante: la visita a los primos de Tarragona. Los primos de Tarragona no son de allí, sino del barrio de la Verneda, pero veranean en una ciudad de vacaciones que imita la arquitectura ibicenca. Entonces el niño -bueno va, era yo- no sabía nada de Ibiza, pero eso es lo que decían los padres: “tipo ibicenco”, o sea, casas pequeñas, pegadas unas a otras, encaladas en blanco doloroso, todas alrededor de una plaza redonda, mal adoquinada y en cuyo centro había un pozo de mentira. Decían Ibiza, pero podía ser Bollullos.

La excursión anual a Tarragona es todo un viaje que requiere una logística digna de un movimiento de tropas. Nos levantamos al alba. Desayunamos y los cuatro hermanos toman la pastilla del mareo, porque hay curvas al poco de salir. Nos metemos como podemos en el seat seiscientos los seis seres humanos y sus seis bocatas más una cesta con toallas, mudas y otros cachivaches. El cochecito atraviesa los primeros kilómetros con calor sofocante y Nino Bravo en el casette. El padre ataca con decisión la primera curva y entonces, como siempre, la hermana pequeña vomita sobre sus hermanos. Y así llegamos a la costa de Tarragona hediondos y mareados, no sé si por las curvas o a causa de la química de las pastillas.

“No te quedes como un pasmao. Vete a ver al primo, que está en su cuarto”. Sinceramente, hubiera preferido quedarme en la terraza con Mortadelo y Filemón, fresco tras el baño en la playa, mientras imbéciles gaviotas graznaban a la arena y a las olas. El mundo en el que existan esos pajarracos es ridículo, pero Mortadelo era una cosa seria. Sin embargo, los padres no eran de mi opinión. El viaje sudoroso y vomitado merecía mayor demostración de entusiasmo, mayor actividad. Había que comerse la paella de la tía y confraternizar con los primos. Además, se supone que los críos necesitan agitarse y no saben estarse quietos, aunque a mí el rollo zen me salía bastante bien.

El primo rondaba los diecisiete, una diferencia de edad considerable, que a medida que pasa el tiempo va convirtiéndose en un abismo. Ya no compartíamos nada, atrás quedaron para él los balones y las guerras desde hacía un par de veranos, y tras un año sin verlo, intuía que apenas me soportaría y que a mí me daría lo mismo con tal de poder volver pronto a mi lectura. Error. Es cierto que para el primo era un mocoso, pero para mí llegó a ser un ídolo, una aproximación cutre a la rockstar en que quise convertirme.

Al ser varón y el mayor, era el único que disfrutaba de habitación propia. Sus dos hermanas se hacinaban en un cuarto mínimo maravillosamente alfombrado de bragas, camisones y sujetadores que yo miraba de reojo. Eran un enigma, las chicas, como todas, incluyendo a mis hermanas.

La habitación del primo estaba en penumbra, con las persianas entornadas. En las paredes había posters de Keith Richards, Led Zeppelin y Janis Joplin clavados con chinchetas. Desperdigados por los rincones vi pantalones acampanados, camisas floreadas, foulares, unas botas camperas, y al fondo un catre en el suelo y tumbado encima un chaval delgado vestido con bañador y camiseta rosa agujereada. Pelo largo y ojos adormilados. Y ese olor. “le digo a mis viejos que es incienso indio, pero es chocolate”. Aquel tufo no tenía nada que ver con el Colacao. Pero había visto tanto en un segundo que me lo tomé con naturalidad.

Me senté sobre un cojín en el suelo y permanecí callado cuando el primo calló y se concentró en un montón de discos apilados en una mesa. Puso uno en el plato y me tiró la carátula. El dibujo era horrible, luciferino y fascinante: un mutante de pelos extraños mitad ser humano mitad perro. Tras él, unos monstruos azulados. Su título: “Bowie Diamond dogs”.

-“Es gay”-me dijo.
-“¿Qué?”-pregunté.
– “Maricón”.
-“¿Quién?”-repuse.
-“El de la foto, capullo”- exclamó el primo.

Tras tan relevante información, encendió un cigarrillo, apestaba a colacao indio.

Entonces sucedió. Sonó un riff de guitarra estridente e hipnótico al que se sumó un ritmo de bajo que percutía directamente en el estómago y una batería machacona, incansable y enloquecida “PATUMPATUMPA”. Unos segundos más y Bowie arranca a cantar tarareando una frase simple, comprensible para cualquiera, perfecta: “Doo doo doo doo doo doodo”. Aquel ruido acerado se apoderaba de uno, incendiaba cada neurona y cada poro, tensaba los músculos hasta el espasmo y sabías, sin entender ni una palabra, que el cantante aullaba la historia de alguien rebelde de quien su madre no sabía si era chico o chica, de jóvenes que lucen divinos, con peinados perfectos, que salen a bailar al ritmo de bandas que suenan duro; que quieren que todo sea rápido porque saben que tienen razón. Y los viejos no. Nunca la tienen, nunca la tendremos.

La letra de los versos no era familiar, no sabía inglés, pero tanto la música como la manera de cantar lograban que hasta un analfabeto de doce años captara su espíritu al instante. Había sufrido una metamorfosis que iba a cambiarme para siempre.

Al atardecer, regresamos a casa en el seiscientos. Mi hermana volvió a vomitar. El mar, desde el acantilado por donde corría la carretera, era de un azul férreo. La luz era sentimental. Las gaviotas seguían dando vueltas allá abajo, porque les iba la vida en eso, en graznar tontamente a la puesta de sol.

Dentro de mi cabeza había empezado a sonar “Rebel rebel”. Seguía y seguiría sonando siempre, obsesionándome, acompañada después de otras muchas canciones.

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