“Mi último jefe se divorció de mí”

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altTan sólo una generación atrás, nuestra sociedad vivía bajo la creencia de que un trabajo, igual que un matrimonio, podía, y debía, ser para toda la vida. El mercado laboral lo permitía y nuestra propia idiosincrasia como ciudadanos de a pie comulgaba a pies juntillas con esta idea.

 

 

 

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Tan sólo una generación atrás, nuestra sociedad vivía bajo la creencia de que un trabajo, igual que un matrimonio, podía, y debía, ser para toda la vida. El mercado laboral lo permitía y nuestra propia idiosincrasia como ciudadanos de a pie comulgaba a pies juntillas con esta idea.

 

En julio de 2015, en plena crisis económica y, a consecuencia de ésta, o no, de valores, las cifras del paro bordean el 25% de la población activa, en un contexto laboral en que, ayudado en gran medida por las constantes reformas laborales (que han implementado sucesivos gobiernos, atávicos en sus planteamientos) encaminadas a recortar libertades y derechos, la precariedad y la incerteza se enarbolan como normalidad.

 

Cuando escuchamos noticias, estudios, promesas electorales, medidas (ineficientes) de empleo… los grupos de población activa a los que van dirigidas se centran, casi exclusivamente, en dos: jóvenes y mayores de 45 años.

 

El poder legislativo, gubernamental y la propia CEOE parecen no prestar atención al grueso que conforma el empleado medio: el grupo de edad entre los 30 y 40 años.

 

Nos encontramos una calurosa sobremesa de julio en un tranquilo bar de El Carmel (Barcelona) con cuatro bellas treintañeras, desempleadas y compañeras y alumnas en un curso de inglés intensivo subvencionado en su totalidad por el Servei d’Ocupació Català (SOC), para conocer de primera mano los motivos por los que trabajadoras más que cualificadas, por distintos motivos, encuentran dificultades para encontrar un trabajo, afín, o no, a su preparación.

 

Florencia (nacida a apenas 30 km de Buenos Aires. 33 años. Diplomada en magisterio. Desempleada desde enero de 2015); Gracia (32 años. 1 hijo de 14 meses. Graduada en Ciclo Formativo Superior de Administración. Desempleada desde 2012); Rebeca (35 años. Diplomada en Turismo, habla perfectamente francés e italiano. Desempleada desde marzo de 2015) y Xenia, (36 años. Diplomada en Trabajo Social. Desempleada desde mayo de 2015. No cobra ningún tipo de subsidio ni ayuda) llegan a nuestra cita vestidas de forma informal y sudando a mares. El desnivel del Carmel los meses de verano ha hecho estragos y deberemos replantearnos los lugares de reunión en un futuro…

 

Tras un breve refrigerio, se encuentran listas para ofrecernos sus valiosas opiniones, que, como no podía ser de otra manera, comienzan versando sobre la influencia de la edad en la dificultad a la hora de encontrar empleo. Todas, sin excepción, coinciden en que el mercado español de empleo margina a los trabajadores válidos, pero que han pasado la treintena. Florencia y Rebeca, en concreto apuestan como uno de los motivos el hecho de que los menores de esa edad constan de menor experiencia laboral y son más manipulables y explotables, pues aceptarán peores condiciones de trabajo, con tal de acumular experiencia laboral.

 

Es en este primer momento cuando sale a la luz una pregunta demasiado común en nuestros días, en referencia a las posibilidades de emigrar a otro país (en busca de aventura, que diría cierta ministra de empleo). La respuesta es breve y explícita: es muy difícil. Todas son conscientes de que la edad reduce las posibilidades de movilidad geográfica, ora por las cargas personales, familiares o de cualquier otra índole, ora por la propia edad, que ofrece un margen de error más pequeño, en caso de que no se logre el objetivo.

 

Ante el panorama con el que empieza la entrevista, parece casi una herejía preguntarles si en España hay trabajo. Sus caras, que presumí incrédulas al formarse la cuestión, no corresponden con su respuesta: En España hay trabajo. Sin embargo…

 

El mercado laboral español omite sistemáticamente las necesidades de sus trabajadores, y obvia la formación y cualificación de éstos, decantándose por la cantidad, en lugar de por la calidad. No se invierte en el empleado y se le culpa de todo mal, bajando sus salarios y limitando al máximo su formación y sus necesidades para llevar a cabo de forma eficiente sus tareas. La formación de estudios de los trabajadores no se tiene en reconocimiento, hasta llegar al punto de que se emplea a personal sobrecualificado, elaborando absurdas cribas en los sistemas de contratación. Gracia lo especifica muy bien, cuando incide en la gran demanda de requisitos, por ejemplo idiomas, que las empresas demandan, y que no se corresponden con un sueldo digno, o como una verdadera necesidad a la hora de desarrollar el trabajo.

 

No es necesario profundizar mucho, para darse cuenta de lo erróneo que resulta el pensamiento económico del empresario español. Vivimos en un país sobredimensionado de titulados superiores (debido a la herencia de “titulitis”, apunta Xenia, que nos viene de la otrora realidad en que una titulación superior proporcionaba un trabajo y una vida mejor), cuya titulación, a menudo contraproducente, por interés del empresario de tener empleados más dóciles, no encuentra correspondencia en la oferta laboral; que es más escasa, debido, por ejemplo, al cierre de pymes o aplicaciones de ERE’s de las grandes multinacionales; que provoca más despidos de gente de más de treinta años; que añade dificultad a la hora de encontrar empleo, a causa de la desconfianza de los empleadores ante gente que lleve demasiado tiempo desempleada; considerada, a menudo de forma más que injusta, como desinteresada en encontrar empleo, como indica Gracia, o, en caso contrario, como afirman Xenia y Rebeca, en que desees cambiar de empleo teniendo uno, como alguien a quien no pueden forzar a aceptar sus condiciones, pues no pueden utilizar la necesidad del trabajador por emplearse; que alargan, pues los plazos para encontrar empleo y, por tanto, se reproduce el bucle una y otra y otra vez… y la gente de a pie va cumpliendo los treinta, treinta y uno, treinta y dos…

 

Todo esto nos lleva a varios escenarios realimentados entre . Con una conclusión precisa: la baja cualificación empresarial española.

 

Hoy en día, se mantiene una relación de poder entre empresario y trabajador, muy típico de nuestra cultura, en lugar de derivar hacia una relación de colaboración.

 

Las situaciones abusivas abundan y el mobbing, sufrido en algún momento y en diferentes grados y vertientes (desde la vejación, al entorpecimiento por omisión de deberes), por Florencia, Rebeca o Xenia es una de las lacras que más desapercibidas pasan en nuestro mundo laboral

 

Se da la circunstancia de que por edad tienes más problemas para encontrar trabajo, lo cual produce frustración, inseguridad y ansiedad. Y puede darse el caso de que, si lo consigues, tengas que lidiar con mayor inseguridad y ansiedad en caso de topar con un mal empleador (que te exigirá un “matrimonio” con la empresa, como bien apunta Rebeca, con su acertada ironía: “Mi último jefe se divorció de ,, no me echó”) o un deficiente sistema de trabajo en la empresa donde desarrolles tus tareas.

 

A todo esto, ellas han de sumar el hecho de ser mujeres y los posibles perjuicios a que se ven sometidas. Si bien sólo Gracia y Xenia consideran que existe discriminación laboral (al menos desde su propia experiencia), en conceptos salariales o en vergonzosas entrevistas machistas, todas coinciden en la imposibilidad de compaginar una maternidad con una vida laboral activa.

 

Gracia, como única madre del grupo, se muestra tajante ante la afirmación de que no existe en España una conciliación laboral y familiar para las mujeres. Su caso resulta sangrante, pues lleva tres años desempleada, a causa del cierre de la empresa dónde trabajaba, en 2012. Decidió “aprovechar” (sic) para formar una familia y hoy, con un hijo de 14 meses en el mundo, las pocas entrevistas que ha podido hacer la conminan a jornadas laborales extensas que impiden el cuidado de su hijo Leo con garantías.

 

La psicología es, definitivamente, una profesión de futuro en esta, nuestra querida nación.

 

El deporte autóctono con mayores seguidores es la queja. Nuestras entrevistadas se niegan a esgrimirlas, si no es de forma constructiva. Y ofrecen soluciones, sin apenas preguntarles por ellas.

 

Para todas, sin excepción, la clave principal es, en primer lugar, cambiar la mentalidad empresarial. Rebeca es muy clara en esto: Se ha de hacer entender al empresario que se ha buscar el beneficio a medio y largo plazo y que debe sacrificarse éste durante el primer año, a la vez que invierte en capital humano. A esto hay que unir medidas gubernamentales que fomenten la implicación empresarial a la hora de fundar empresas, que generarán trabajo. Lo que Rebeca no parece recordar en este punto es que ésta ha sido, y es, la única medida ejercida por los últimos gobiernos de la nación, provocando una clara unión contra el trabajador, por estar orientadas a generar dinero y no riqueza.

 

Florencia, Gracia y Xenia, por otro lado, inciden en la necesidad de medidas estatales que regulen de mejor forma el mercado laboral, ya sea variando la fiscalización en pos de unas mejores condiciones para el trabajador (una subida del Salario Mínimo Interprofesional, por ejemplo) o estableciendo políticas de empleo contra la precariedad. “Hay que acabar con la percepción del trabajador ante un nuevo empleo, en la que se pregunta ¿Cuánto me va a durar?”apostilla Gracia).

 

El debate que se establece, me permite sondear sus expectativas ante un posible cambio político en noviembre. El resultado es descorazonador.

 

altFlorencia y Gracia quieren creer en un cambio radical. Necesitan creer en él y forjan su optimismo con rotundidad, pero con poca base pragmática, argumentando que un cambio legislativo es básico para transformar el mercado laboral.

 

Rebeca y Xenia comprenden esa necesidad, pero desconfían en que se produzca. Rebeca se muestra convenidamente escéptica y hace hincapié que no sólo la política provocará el cambio, sino que nosotros como ciudadanos hemos de “poner de nuestra parte” y no recurrir a pedir, sin ofrecer. Su voz denota cierta predilección por el liberalismo más Smithsoniano. Xenia, en este caso, expresa, sin nombrarlo, su apuesta por el Keynesianismo, al resaltar la necesidad de que el nuevo gobierno implemente políticas que permitan reflotar la economía.

 

La entrevista está llegando a su fin y tengo los ánimos por el suelo. Necesito una inyección de optimismo o me plantearé seriamente practicar puenting sin cuerda.

 

Y, aun así, no puedo evitar una última pregunta. ¿Cuál creéis que es el futuro de los próximos treintañeros?

 

Y, de nuevo, el frente optimista de Florencia y Gracia se enfrenta al decaimiento de Rebeca y Xenia.

 

Florencia apuesta por una mayor emigración y por una tendencia a encaminar la vida laboral hacia otro tipo de profesiones liberales y/o culturales, donde el emprendedor y el autónomo cobren mayor presencia. Ella misma se plantea ese camino para su vida, aún que es una treintañera “joven” (por debajo de los 35 años).

 

Gracia, de igual modo, confía en que las nuevas generaciones vean qué falla y puedan mejorarlo.

 

Rebeca, por el contrario, considera a los hoy veinteañeros peor preparados formativamente, con lo que tendrán aún más dificultades. Reniega de la conciencia de pasado y argumenta, en parte acertadamente, que ni siquiera hoy en día su generación piensa en lo que vivían las generaciones bajo la dictadura, en materia laboral. Remata con su sensación de que la generación venidera vive en el autoconvencimiento de que no se pueden cambiar las cosas.

 

Xenia comparte la opinión de Rebeca. Para ella, destruir es más fácil que construir y España no es un país donde haya conciencia de unidad para “remar en una misma dirección”.

 

Y decidimos dejar aquí la entrevista. 

 

Con cierto regusto agridulce, Florencia, Gracia, Rebeca y Xenia han demostrado que, en ocasiones, quizá se habría de dejar de consultar a expertos en materia laboral, que, curiosamente, suelen tener empleos bien remunerados, y bajar a las trincheras del día a día, para escuchar la sapiencia que pueden esconder cuatro treintañeras capacitadas, pero víctimas de un sistema ineficaz y excluyente que las relega injustamente al ostracismo y la supervivencia.

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