Prefiero a Mae West (8): Necesito un trago

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altEn los capítulos anteriores: el rodaje de un melodrama ha reunido a dos célebres estrellas de Hollywood, llamadas a reproducir en el filme las circunstancias que acabaron con su pasado matrimonial. Ambos protagonistas son coléricos y desenfrenados. Los diálogos del guión provocan el enfrentamiento entre los otrora amantes, que deviene en abierta trifulca.

 

 

 

En los capítulos anteriores: el rodaje de un melodrama ha reunido a dos célebres estrellas de Hollywood, llamadas a reproducir en el filme las circunstancias que acabaron con su pasado matrimonial. Ambos protagonistas son coléricos y desenfrenados. Los diálogos del guión provocan el enfrentamiento entre los otrora amantes, que deviene en abierta trifulca.

 

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Ben se dirige hacia sus actores con la peregrina idea de poner paz donde él mismo sembró la cizaña, pero no puede impedir que Elizabeth salte de la silla con el ímpetu destrozón de un tornado de su Kansas natal, despidiendo al brincar mesa y vasos contra la sonrisa de Arthur, quien apenas tiene tiempo de cubrirse la cara con un brazo.

 

El tablón circular de la mesa impacta contra el codo del galán; choca después, plano, encima de su muslo, y acaba cayendo de canto sobre el lateral del empeine del pie derecho. Por un momento, el dolor diluye en Arthur cualquier deseo de seguir mostrándose mordaz, porque sus pensamientos le están invitando a dejarse de memeces dialécticas y estrangular de una vez por todas a su exmujer; pero disimula bien, sin perder la compostura ni un solo instante. Para algo le vale ser actor, aunque no figure su talento dramático entre los más excelsos representantes de oficio tan antiguo y vilipendiado como la prostitución.

 

Los dos extras que hacían de camareros salen repentinamente de su pasmo y se acercan, presurosos y serviciales, a levantar la mesa y las copas caídas, como si recuperasen la ficción de su oficio cuando ya ningún sentido tiene.

 

Ben toma en sus manos una mano de Elizabeth; quien permanece en pie, congestionada como un corredor de maratón en la línea de meta, pero más arrogante que Turandot cuando veía rodar las cabezas de sus pretendientes. Le acaricia los dedos largos y untuosos de cremas, preludio a una frase de elogio que contribuya a salvar la situación, ya que no el final de la toma. Pero la madura estrella se zafa de la suave presa con un latigazo seco de sus hombros angulosos, de blancura casi pulida, que todavía anuncian la altivez de los pechos.

 

***

 

[Otra vez tan cerca, Liz, y de nuevo me estremezco al contemplar la geometría de aristas y líneas que pergeña el bajorrelieve labrado bajo tu piel nívea, entre los márgenes del escote pletórico, con el cordal de las clavículas livianas emergiendo sobre la carne tersa que cubre la cima del esternón, pronto sepulto entre los dos bulbos firmes de los senos. Recuerdo los aromas del Chanel y de la ginebra –¿o se trataba, quizá, del perfume denso del whisky?– entreverados en la redoma de tu cuello, Liz, una noche de vapores, confusión y claroscuros fuertes como los que gusto de aplicar en las escenas más dramáticas. Fue en mi casa de Beverly Hills, deberías recordarlo (¿cómo iba a olvidarlo yo?), la misma noche en que Arthur lidió a pulsos con medio Hollywood y acabó pegando a Cagney. Tú te mofabas de él, cuando lo sacaron de la piscina; decías algo así como que parecía un huevo pasado por agua, con esa cara de niño cabreado… Y eso que habías estado tonteando con él hasta hartarte, siempre has destacado por tu crueldad. Luego, cuando los vapores del alcohol, ya condensados, empezaban a pesar más que tu propio cráneo, chocaste abruptamente conmigo en un recoveco del jardín, porque tan solo un encontronazo me pareció de primeras, pero venías con la puerta de tu lubricidad no ya franca, sino astillada a golpes de desdén, ansiosa de ser poseída mientras oíamos vociferar a Arthur, desde el piso superior y entre el alborozo de otras carcajadas conocidas, bien borrachas todas (cabía imaginar el mariposear de su acompañamiento de putillas, por no llamarlas noveles actrices, buscando una polla que les sirviera de trampolín para un fulgurante salto al estrellato). Me dejaste sepultar el rostro en tu escote, con afán de sediento, antes de que te agarraras a mis ropas como un náufrago que no supiera nadar en medio de la inmensidad líquida del deseo… Velada inolvidable. Pero la felicidad furtiva de aquella noche se ha disuelto, y ahora te escapas de mis manos. Este salvaje, usufructuario de tus mejores noches, es todo lo que me dejas en legado, y ya no sé qué hacer con él.]

 

***

 

Liz hace mutis por el foro arrollándolo todo a su paso; la suya es una desbandada debulldozer despechado, que tras sí deja una polvareda de indignación e improperios.

 

Ahora, Ben encara a Arthur. Quisiera mostrarse irritado; más aun, colérico, pero no hay ira que valga contra la brutal seguridad del galán. Arthur sabe que esta película es suya; puede permitirse cualquier licencia (“Deja que se me ocurra algo y te enterarás, idiota”, espeta sin palabras al director, que tiene el gesto descoyuntado a golpe de sustos).

 

¿Está dispuesto Ben a arriesgar el dinero reunido gracias a su acaudalada esposa? Ni soñarlo. Pero se atreve a pronunciar un reproche obligado, pura formalidad que no pretende contrariar más al actor, sino hacerse valer mínimamente ante el equipo técnico. Será, por tanto, su censura de apariencia severa, pero entrañará una camaradería implícita. Simple regañina entre machos que no cuestione la primacía de la brutalidad, tan sólo lo inoportuno de su manifestación.

 

–Eres un animal, Arthur. No tienes modales –Ben se apresura a buscar un colofón brillante, pero no se le ocurre nada. Opta entonces por la tautología:–. Ni educación.

 

***

 

Un par de horas más tarde, en vistas de que Liz sigue acorazada en su camerino, respondiendo con maldiciones a los buenas oficios de Ben (cuando menos, son pacientes y voluntariosos), el director traslada sus gestiones de apaciguamiento a los dominios de Arthur, a quien encuentra en decúbito casi supino sobre el diván expresamente solicitado para su camerino, trasegándose a gollete una botella de bourbon,cual cow-boy que se reconforta de la parada nocturna mientras las vacas pacen a su gusto en la pradera.

 

–¡Vete a la mierda con tus sermones! –advierte el actor no más verlo, sin darle oportunidad de hablar. Con el improperio, Arthur asperja contra Ben buena parte del whisky que embadurna sus labios y le corre desde las comisuras de la boca hasta la recia barbilla cuadrada.

 

“Vaya un cerdo”, piensa Ben. Pero prefiere abordar más suavemente a tan perfecto mentecato.

 

–Arthur, estos líos van a perjudicar tu carrera. Demuestra que eres un buen actor y termina la película. Tan sólo quedan un par de días de rodaje. Si has aguantado hasta hoy…

 

–Eso es lo que no entiendo, ¿cómo he podido aguantar hasta hoy con esa puta delante? –y ratifica su perplejidad alzando los brazos hacia el cielo, conjurando a todos los espíritus malvados que pueblan el éter–. ¡No la soporto, Ben! Es más: ¡la odio!

 

Ben musita entre dientes mientras acerca una silla al diván:

 

–Dame un trago, lo necesito de verdad.

 

(Continuará)

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