La película «El Odio» (La Haine) emerge como un grito descarnado en el panorama cinematográfico de los años 90, retratando una Francia alejada de los románticos bulevares parisinos y las luces de la Torre Eiffel. Mathieu Kassovitz construye una narrativa en blanco y negro que, paradójicamente, revela los múltiples matices de una sociedad profundamente dividida.

La elección de los tres protagonistas no es casual: Vinz (judío), Saïd (árabe) y Hubert (negro) representan el mosaico multicultural de los suburbios franceses, las denominadas banlieues. Esta trinidad urbana funciona como un microcosmos de la Francia contemporánea, donde las tensiones étnicas, religiosas y sociales se entrelazan en un baile macabro de supervivencia cotidiana.

El film se desarrolla en 24 horas cruciales, un tiempo que Kassovitz utiliza magistralmente para construir una metáfora sobre la caída libre de una sociedad. La imagen recurrente de un reloj marca el paso inexorable hacia un desenlace que se presiente trágico desde el primer fotograma. Esta cuenta regresiva visual conecta con la historia que Vinz repite durante la película: la del hombre que cae desde un rascacielos y se repite en cada piso «hasta aquí todo va bien». La analogía es clara: la sociedad francesa de los 90 estaba en caída libre, pero seguía negando su inevitable colisión con la realidad.

El contexto histórico de la película es fundamental. Francia experimentaba una crisis de identidad profunda en los 90, con una población inmigrante de segunda y tercera generación que, a pesar de ser legalmente francesa, se sentía excluida del sueño republicano de «Liberté, Égalité, Fraternité». Los disturbios en las banlieues, la brutalidad policial y el ascenso de la extrema derecha configuraban un cóctel explosivo que Kassovitz supo captar con precisión quirúrgica.

La película está plagada de simbolismo. La pistola extraviada por un policía y encontrada por Vinz representa el poder institucional corrompido y su transferencia a manos de la juventud marginal. El gimnasio abandonado donde Hubert boxea simboliza las aspiraciones truncadas de una generación. La escena en la galería de arte de París, donde los protagonistas se sienten como extranjeros en su propia ciudad, ilustra la brecha insalvable entre el centro y la periferia.

El uso del hip-hop como banda sonora no es meramente estético. En los 90, este género musical se convirtió en la voz de la juventud marginada en Francia, un vehículo de expresión cultural que trascendía las barreras étnicas. La película captura esta realidad mostrando cómo la música y el lenguaje callejero funcionan como elementos cohesionadores en un entorno de fragmentación social.

La antropología juvenil que presenta «El Odio» es demoledora. Los protagonistas exhiben una masculinidad frágil que se escuda en la violencia y el machismo como mecanismos de defensa. Su comportamiento oscila entre la necesidad de pertenecer y el deseo de rebelarse contra un sistema que los ha abandonado. La amistad entre los tres jóvenes surge como único refugio en un mundo hostil, aunque incluso este vínculo está constantemente amenazado por las tensiones externas.

El tratamiento visual en blanco y negro no solo añade crudeza al relato, sino que funciona como metáfora de la visión binaria que la sociedad francesa tenía (y tiene) sobre la integración: o eres parte del sistema o estás fuera de él. No hay términos medios, no hay grises en esta narrativa social.

La película anticipa con precisión profética los problemas que estallarían una década después en los disturbios de 2005. El ciclo de violencia que presenta – brutalidad policial, respuesta violenta, más represión – sigue siendo tristemente actual. La frase «La sociedad se derrumba, yo me limito a hacer fotos» resume la postura de una generación que se siente espectadora de su propia marginación.

«El Odio» trasciende su tiempo y espacio específicos para convertirse en una reflexión universal sobre la exclusión social y la violencia sistémica. La película no ofrece soluciones fáciles porque no las hay. En su lugar, nos confronta con preguntas incómodas sobre la naturaleza de la justicia social, la integración y la responsabilidad colectiva.

Veinticinco años después de su estreno, «El Odio» mantiene una vigencia perturbadora. En una época donde los debates sobre inmigración, identidad y cohesión social son más candentes que nunca, la obra de Kassovitz nos recuerda que el verdadero odio no es el que se manifiesta en la violencia explícita, sino el que se incuba en la indiferencia sistemática de una sociedad hacia sus miembros más vulnerables.

‘La Haine’ (El odio) película completa:

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