Hay visiones que nos dejan sumidos en la repulsión, la angustia, el miedo. Resulta difícil evitar estas atávicas reacciones cuando nuestra mirada tropieza, por ejemplo, con la deformación de los cuerpos o la amputada ausencia de un muñón. Deformaciones y muñones como los que experimentan cada día en carne propia las más de 180 víctimas de la talidomida que, tras medio siglo de espera, están pendientes de la sentencia que un juzgado de Madrid debe dictaminar en los próximos días sobre su denuncia contra la farmacéutica Grünental como fabricante del producto.

La talidomina se administró a mujeres durante los años 50 y 60 del siglo para paliar sus náuseas durante el embarazo. Sin embargo, para miles de ellas el precio a pagar por aliviar aquellas angustias pasajeras fue el espanto de ver nacer a sus hijos con muñones en lugar de miembros, con brazos y piernas malformados, ciegos, sordos o con irreversibles daños cerebrales. Desde 1961 el tratamiento fue retirado para embarazadas ante el riesgo evidente que suponía, aunque en España su prohibición no se aplicó hasta varios años más tarde.

Tampoco llegaron para las víctimas españolas las indemnizaciones que Grünental pagó a los afectados de otros países. De hecho, ahí siguen pendientes de lo que dictamine el juzgado para ser reconocidos como damnificados por la firma alemana que sigue rechazando que se cuantifiquen económicamente sus responsabilidades en España y considera prescritos los hechos. Eso sí, la empresa farmacéutica no tiene reparos en mostrar toda su solidaridad para con los afectados del mundo a quienes, incluso, dedicó como homenaje la estatua en bronce de una niña sin brazos y piernas deformada que desde 2012 está instalada en Stolberg.

Posiblemente, una de las cuestiones que más sobrecogen de la historia de estos hombres y mujeres deformados es pensar que el origen de sus deformaciones se esconde en asépticas recetas con los que paliar el malestar de una futura madre. La bata blanca de Josef Mengele se recubre así con un aura cándida de filantropía, al tiempo que la obsesión eugenésica del Ángel de la Muerte deja paso a la fría obcecación por el balance de resultados de la empresa. En cualquier caso, el resultado último se asemeja: el muñón se exhibe como presencia, como biografía impuesta a una víctima ignorada que hoy, medio siglo más tarde, todavía sigue esperando en los tribunales su derecho a ser reconocida como tal.

Claro que España es tierra propicia para desesperanzadas esperas de las víctimas. Por eso no sorprende que estos días, en paralelo al juicio por la talidomida, hayamos podido ver la alegría mostrada por el ministro de Economía Luis de Guindos, el vicepresidente de Asuntos Económicos de la Unión Europea Olli Rehn o el presidente del Eurogrupo Jeroen Dijsselbloem a propósito de los buenos resultados del rescate de la banca española. Todos se han apresurado en alabar el tratamiento de choque que ha permitido obrar el milagro de salvar a los banqueros de la crisis, al tiempo que omiten las contraindicaciones y los efectos secundarios de unas recetas que nos están condenanda de por vida a los muñones sociales que arrastramos.

Lo peor de todo es que, pese a las evidencias, los expertos insisten en seguir suministrándonos nuevas dosis de esta talidomida neoliberal, con medidas como la reforma local que envía al limbo de las incertidumbres más de 3.000 millones de gasto social, o imponiendo nuevos ajustes en los presupuestos de 2013. Frente a ello el caso de Grünental nos deja como consuelo la posibilidad, de algún día, poder ver en el banquillo a los responsables de nuestros males, aunque para ello tengamos que esperar más de medio siglo. Hasta puede que podamos soñar con una condena.

Claro que también es posible, quién sabe, que todo se solucione con una escueta disculpa: Un buen día nos digan que lo sienten y quizás hasta dediquen una estatua a nuestras tullidas desgracias.

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